El bolero ranchero "llorarás, llorarás", grabado en 1959, fue un cañonazo de ventas.
En 10 años, logró altas ventas discográficas, reflejadas en cuantiosos discos de oro.
Javier Solís siempre consideró el inicio de su carrera profesional desde el momento en que, aún siendo cantante del cabaret Azteca, y publicitado con el nombre de Javier Luquín, se interesó por su manera de interpretar temas románticos el puertorriqueño Julito Rodríguez Reyes, ex primera voz del trío Los Panchos y autor, entre otros, del bolero “Mar y cielo”. Con su apoyo logró que los directivos de Discos Columbia de México lo escucharan, dándole después la soñada oportunidad de grabar en 1956 un sencillo que contenía dos boleros acompañados por mariachi: “Por qué negar”, de Agustín Lara, y “Qué me importa”, de Rafael Hernández, canciones que fueron conocidas 20 años atrás.

Sin embargo, para poder llegar al momento crucial de su cabrera, el artista tuvo antes que vivir muchas aventuras y sinsabores como cancionero trashumante. En una ocasión, para ganar una ‘lauta’ extra, se le ocurrió formar un trío junto con su compadre Pablo Flores y un muy querido amigo de él, llamado Marcelino (algunos biógrafos dan otros nombres; nosotros estamos basados en entrevistas con el propio Javier Solís, registradas en cintas magnéticas). Eran vecinos del barrio del Chorrito, en Tacubaya quienes, con el nombre de Trío México, se infiltraron tímidamente en cabarets de esa colonia y en la Obrera, sede de la citadina vida nocturna del Distrito Federal, sobre todo en los sórdidos cabaretuchos de las calles aledañas a José T. Cuéllar.

Antes de esto ya había hecho sus pininos como solista en la carpa Salón Obrero, también ubicada en Tacubaya, así como con modestas participaciones en emisoras de radio que, de cuando en cuando, solicitaban ‘espontáneos’ para determinados programas.

Aunque su voz de por sí era buena, potente y de agradable timbre, inconscientemente se dejaba llevar por el estilo del ídolo de moda: Pedro Infante. Por este motivo, unos amigos lo recomendaron con los mariacheros de Garibaldi, para que fungiera como solista de varios grupos.

Su carácter vagabundo y campechano le señaló el nuevo camino: si como carnicero ganaba entonces 17 pesos diarios, con su voz se permitió echar a la bolsa de 30 a 40 pesos al día. Así que se dijo textualmente:
“Pos aquí está la papa, criatura”.

AMARGO RECUERDO
Ya fuera en la Plaza Garibaldi o en la pista de algún cabaretucho, Gabriel Siria se convirtió en Javier Luquín, cantante de boleros, tangos y canciones “de rompe y rasga”, antes de su afortunado encuentro con Julito Rodríguez.

En este lapso se acercó a una compañía discográfica para hacer una prueba, de la que siempre guardó un recuerdo amargo; vamos, ni siquiera se atrevió a mencionar el nombre de dicha empresa, pero suponemos que fue la RCA Victor que, para ese tiempo (mediados de los cincuenta), contaba con uno de los elencos artísticos más importantes del país, de modo que con mucha razón de su parte no les interesó contratar a un desconocido que cantaba similar a Pedro Infante.

En cambio, cuando en 1955 hizo la prueba en Discos Columbia, los directivos de la empresa lograron ver más allá de un simple imitador. Su voz tenía las cualidades perfectas para ‘crear’ un nuevo ídolo, capaz de dar batalla a Pedro Infante. De pronto, el director artístico de la empresa, Felipe Valdés Leal, decidió invertir dinero y esfuerzos para lanzar al nuevo artista.

Los estupendos maestros César Carrión y Fernando Z. Maldonado se encargaron de seleccionar el mejor repertorio musical para el joven cantante, ya que todo lo que hasta el momento interpretaba era muy disímbolo. Ambos, en las entrevistas respectivas que les hicimos entre 1991 y 1996, se disputaron el honor de haber sido los forjadores de Javier Solís. En lo que siempre coincidieron, fue en haber lanzado al futuro ídolo bajo el formato del bolero ranchero, género de éxito probado que hasta ese momento contaba con exponentes de gran envergadura: Emilio Gálvez, Adrián Gallardo, Roberto G. Rivera, Julio Aldama, Antonio Aguilar, Carmen Negrete, Amalia Mendoza y, por supuesto, Pedro Infante.

EN POS DE UN ESTILO PROPIO
A diferencia de Jorge Negrete y Pedro Infante, artistas que desde siempre tuvieron un estilo propio, Javier Solís debió ser moldeado para librarse de la influencia de otros cantantes. Esto nos lo confirmó siempre el maestro Fernando Z. Maldonado, quien fue el encargado de realizar la mayoría de los arreglos musicales, como ‘trajes a la medida’, para los artistas exclusivos de Discos Columbia, entre ellos, El Rey del Bolero Ranchero. Después de haber escuchado un disco de prueba que Solís traía bajo el brazo, el maestro Maldonado lo sometió a interminables horas en el estudio de grabación, con el afán de que su estilo dejara de ser “pedroinfantista”.

“Mi objetivo fue hacerlo cantar con aquel timbre que le descubrimos en el Azteca, pero de inicio fue muy difícil lograrlo, por lo que le insistí que no imitara a Pedro Infante.”

Por su parte, con gran docilidad el joven artista permitió que el maestro lo llevara de la mano, ya que se había propuesto ser estrella, Con todo, durante ese año de 1956 salió a la venta su primer disco sencillo, aquél que contenía “Por qué negar”, sin que lograra un éxito significativo en ventas. Escuchando esta primera grabación se advierte a un Javier Solís huérfano de estilo, de voz muy impostada y abundante en tonos bajos. Esto no le otorgaba muchas posibilidades de sobresalir.

Otro de los arreglistas de la Columbia. el maestro Rafael Carrión, también tuvo mucho que ver en la creación del “estilo Solís".

Según nos comentaba, él fue quien finalmente pudo ‘sacarle’ la voz, después de un agotador ensayo con mariachi. Inconscientemente, Solís imitaba, como ya dijimos, a Pedro Infante, pero tenía momentos de estilo propio, mismos que Carrión le destacaba una y otra vez, diciéndole: “Escucha.., este señor eres tú; ahora, imítalo, canta como Javier Solís”. Al final de la sesión, el artista ya tenía estilo propio, para beneplácito de Valdés Leal, el director artístico que desde un principio le tuvo fe. El secreto consistió en utilizar su característica media voz, sin echar mano de una impostación exagerada.

ARTISTA SOLEMNE
Las grabaciones siguientes tuvieron cada vez mayor éxito; algunas, incluso, fueron covers que compitieron con la versión original. Fue el caso de “Gema”, que tuvo gran éxito en la versión de Los Dandys. Por este tiempo, Javier realizó diversas presentaciones en teatros y algunas giras artísticas, alternando con nuevas temporadas en el cabaret Azteca. Mientras, sus directivos continuaron planeando una buena estrategia para lanzar nuevos éxitos musicales.

Sus esfuerzos se vieron recompensados en 1959. cuando grabó un bolero ranchero de Rafael Ramírez titulado “Llorarás, llorarás”, verdadero cañonazo que alcanzó ventas altísimas durante ese y los siguientes años. Había nacido por fin el ídolo-cantante, la figura ranchera que hacía falta en la música popular mexicana quien, hasta el momento de su muerte, siete años después, no conoció el declive artístico.

Acompañado por mariachi, Javier Solís se constituyó en un moderno prototipo de charro-cantor, no al estilo de Jorge Negrete y Pedro Infante, sino como figura urbana con reminiscencias provincianas.

Basta observar las abundantes fotografías que lo muestran en plena actividad: si utilizó profusamente el traje de charro, fue más bien para justificar su repertorio ranchero, plagado de canciones románticas y carente en piezas “bravías” que abordaban, por su parte, Antonio Aguilar, Miguel Aceves Mejía y otros contemporáneos suyos.
Solís fue, más bien, el cantor de las tristezas, del desengaño, la muerte y todo lo que retrata de alguna manera el carácter de los pueblos del Altiplano (la solemnidad). Por eso le gustó a la gente.

ÍDOLO SINFONOLERO
Ya como figura principal de la canción mexicana, el intérprete pisó numerosos escenarios de toda América, desde Estados Unidos hasta Argentina. En México, por ejemplo, para realizar sus giras de trabajo se afilió a las caravanas artísticas de los hermanos Valdés y la Caravana Corona, de la familia Vallejo. Esto, sumado a sus continuas presentaciones en el Teatro Lírico de la ciudad de México.
No hay referencias importantes sobre sus actividades radiofónicas. Su paso por este medio fue más bien fugaz, como invitado para entrevistas ocasionales en las ciudades y países donde viajó. Más bien, su presencia en la radio fue a través de sus discos, promocionados bajo una estrategia comercial muy bien planeada, que literalmente se apropió de sinfonolas y estaciones radiofónicas disqueras, que para ese tiempo (1956) ocupaban casi la totalidad del cuadrante de Amplitud Modulada.
Todo muestra que él fue uno de los tres más importantes ídolos sinfonoleros a nivel continental que han dado las compañías disqueras mexicanas; los otros dos fueron Pedro Infante y Chelo Silva.
El aparato promocional que le rodeó tuvo sus principales frutos en las ventas discográficas, reflejados en los cuantiosos Discos de Oro, Discómetros y otros trofeos que logró reunir durante 10 años, y sólo superados en número por el trío Los Panchos y la Sonora Santanera.

CANCIONES DE MUERTE
A su fallecimiento comenzaron a circular por todos lados decenas de versiones sobre supuestas pláticas donde él declaraba que iba a morir joven. Este ámbito premonitorio fue más explícito en algunas canciones que conformaron su repertorio: “Mi último bolero”, de Arturo “Chino” Hassán (una de sus canciones favoritas); “Sombras”, de Contursi; “Si Dios me quita la vida”, de Luis Demetrio, y “Cuatro cirios”, de Federico Baena, bolero que tiene los versos más estrujantes: “cuatro cirios encendidos hacen guardia a un ataúd”.

Poco antes de morir, durante los primeros meses de 1966, grabó los boleros: “Me recordarás”, de Adolfo Salas, y “Amigo organillero”, de su arreglista Rafael Carrión, cuya frase principal: “en esta noche, en que la muerte espero”, anunciaba ya los tristes sucesos que estaban próximos.

Incluso, el maestro Carrión nos comentó que fue duramente criticado por la letra de ese bolero, ya que, según le dijeron algunos, “había matado a Javier” con sus frases. Pero él se defendió diciendo que no era la primera vez que el cantante abordaba el tema mortuorio.
Para el 15 de mayo de 1966, a casi un mes de su deceso, Javier Solís sonaba fuerte en radios y sinfonolas de todo el país con el disco que a manera de epitafio contenía por un lado, “Amigo organillero” y, por el otro, “Me recordarás”.
Otra situación peculiar fue la necedad de Felipe Valdés Leal por hacer grabar incansablemente a Javier, como si presintiera que en lo futuro ya no cabría la posibilidad de hacerlo. De ahí que su discografía, que comprendió 10 años de actividades artísticas, haya sido tan abundante.

LA NUEVA LEYENDA
La afición de Javier Solís por los payasos de circo fue cristalizada por un bolero que le escribió especialmente el maestro F’ernando Z. Maldonado. A este respecto, han corrido por aquí y por allá muchas leyendas, incluyendo aquella en la que el artista participó de manera anónima en el Circo Atayde, disfrazado de payaso triste, cosa que desmienten las fotografías que se le tomaron en ese escenario.

Maldonado nos comentó que se trató de un proyecto integral, para acrecentar la fama del cantante, ya que, además de la canción “Payaso”, se harían presentaciones en circos importantes, para finalmente desembocar en una película con el tema.

Hay que recordar que Solís y sus maestros de Discos Columbia (que para 1965 ya se llamaba CBS) formaban un grupo bien coordinado en el que nadie podía actuar por cuenta propia. El disco sencillo estaba acoplado a “Cuatro cirios”, otro bolero de contenido panteonero.

La inesperada muerte del cantante dio al traste con el proyecto; sin embargo, el tema tuvo tal éxito que hubiera estado por demás respaldar su popularidad con una película que con toda seguridad iba a ser innecesaria.

Al quedar trunca su vida en plenitud de facultades, la leyenda de Javier se engrandeció tanto como las de Jorge Negrete y Pedro Infante. Es decir, para constituirse en ídolo, Solís tuvo que morir joven. Malo hubiera sido verlo y escucharlo envejecido y retirado en la santa paz de su hogar.