Un año después de la muerte de Pedro Infante, su familia me invitó a un homenaje organizado en el Panteón Jardín. Muchos artistas fuimos para recordarlo y cantar algunas melodías que lo hicieron famoso.
Yo estaba cantando y vi con curiosidad que, atrás de mí, estaba un muchacho chaparrito, con un bigote delgado muy similar al de Pedro. Era Javier Solís. Por supuesto aún no era conocido, pero me llamó mucho la atención porque su voz era buena. Después de platicar un rato me contó que cantaba en un restaurante, cerca de la Plaza del Mariachi. Le comenté que tenía bonita voz, que la trabajara más. Siguió mi consejo.
Tiempo después, ya siendo figura de la canción ranchera, venía con frecuencia a la casa. Me traía regalos y llevamos buena amistad. Cuando murió yo estaba en Los Ángeles, California, por eso no pude estar a su lado. Me dolió mucho su fallecimiento. En nuestras noches rancheras cantábamos hasta el amanecer, y ahí nos conocimos no como compañeros, sino como amigos.
Algo que le costó trabajo sacudirse fue el estilo de Pedro. Yo le aconsejé que no tratara de imitarlo porque, al hacerlo, la gente se acordaba del ídolo y no se fijaba en Javier. Al principio él parecía no darse cuenta: después comprendió que quienes habíamos notado la influencia de Infante en su voz teníamos razón y luchó por no imitarlo más. Recuerdo que me pedía que le dijera exactamente en dónde se parecía a él para sacudirse de una vez por todas ese estilo.
Miguel Aceves Mejía
Dacia González
Nos conocimos en el teatro Lírico en 1959. A todas las compañeras nos impresionó mucho su forma de cantar: yo no me perdía ninguna de sus actuaciones. Terminaba mi número, y me iba tras bambalinas para escucharlo hasta que acabara. Lo que más me gustaba era la forma en que modulaba la voz: tenía un medio tono precioso y todas sus interpretaciones me fascinaban porque eran sentidas.
Fue un amigo entrañable; le gustaba platicar de su esposa y de sus hijos. Me confesaba estar enamorado de Blanca Estela, que tenía unos ojos hermosos. Hacían bonita pareja, se veían felices.
Muchos dicen que Javier era un hombre triste, pero la verdad es que nunca lo vi así. Por el contrario, conocí a un hombre alegre, divertido y juguetón. Le gustaba gastarles bromas a sus compañeros cuando se equivocaba, se reía de sí mismo. El día que falleció me enteré por la televisión. Mi hija estaba recién nacida cuando dieron la noticia. Me sentí muy mal; fue un fuerte golpe. Por desgracia no pude ir a su entierro. Todos lamentamos su pérdida.
Rosita Quintana
Trabajamos juntos en Las tres balas perdidas. Él hacía trío con Julio Aldama y Alfredo Sadel, muchacho venezolano que cantaba muy bonito. Se trata de una comedia ranchera que tuvo gran éxito en su época Lo recuerdo como un muchacho tímido; no sé si esto se deba a que era de las primeras películas en que participaba, pero se notaba inseguro. Quizá estaba temeroso del trabajo que iba a hacer, le faltaba algo de experiencia. Y aunque se desenvolvió bien, me pareció un tanto callado, pero agradable.
En lo particular soy admiradora de su voz y de las canciones que dejó grabadas: fue un intérprete fuera de serie.
En cuanto a su vida privada, conocí sólo a su esposa Blanca, una señora muy simpática. Lo recuerdo con mucho cariño pero, sobre todo, con tristeza. Murió cuando el éxito apenas comenzaba a sonreírle.
Lo conocí cuando era la encargada de una agencia de artistas que manejaba las carreras de Tony Aguilar, Flor Silvestre, Lola Beltrán y Angélica María. En una ocasión una empresa de automóviles me pidió organizar un espectáculo con un cantante auténtico. Javier Solís era el más representativo de ese momento, así que lo llamé sin pensarlo dos veces.
A partir de aquella presentación le manifesté mi interés por dirigir su trayectoria, y aceptó. Fuimos de gira a Centro y Sudamérica. En Colombia llegamos al auditorio donde se iba a presentar y, al pasar entre la multitud, alguien me manoseó, y pegué tremendo grito. Javier se dio cuenta, empujó al sujeto y se le iba a aventar a “piñazos”. Los muchachos del mariachi, que ya conocían sus singulares expresiones, escucharon la palabra “piñazos” e inmediatamente fueron en su ayuda. ¡Se armó un gran alboroto! Guitarrazos, golpes..., y por poco no había espectáculo.
Era una persona sumamente retraída, no le gustaba ir a eventos, era un hombre auténtico. No le interesaba ascender socialmente; estaba feliz con la gente con quien convivió toda su vida: sus amigos del barrio, del gimnasio y de la carnicería. Sabía comportarse con las personas de la farándula, pero no se sentía a gusto en las fiestas de productores o artistas. Para mí era difícil llevarlo a esas reuniones, donde se quedaba poco tiempo. Además, era un gastalón del demonio. Yo le llevaba sus gastos; teníamos una cuenta mancomunada porque, de otra forma, no llevaba control de su dinero. Le gustaba invitar a sus amigos y ayudarlos cuando lo necesitaban.
Cuando salíamos de gira lógicamente tenía que convertirme en parte de su vida y me di cuenta de cómo lo seguían las chicas. A veces, para deshacerse de ellas, me decía: Blanca, a qué hora tenemos que partir?”, y le ayudaba a librarse de sus admiradoras sin que fuera descortés.
De su etapa en el cine puedo decir que todo comenzó por el éxito de su primera cinta. Los productores empezaron a llamarlo y nos invadió la euforia, quizá no escogimos las películas adecuadas para él. Y es que, al ver el éxito en cine, nos deslumbramos. Creo que mucho fue culpa mía, porque todo lo acepté y nos faltó ser más selectivos en ese aspecto.
Su muerte fue muy dolorosa para todos. Después seguí teniendo contacto con su esposa Blanquita, una mujer estupenda, leal, honesta que le alegró la vida y le dió dos hijos preciosos.
Blanca Estela Limón
Fuimos muy amigos. Tengo recuerdos maravillosos de él, sobre todo porque mi esposa (Blanca Estela Limón) fue su apoderada. Como anécdota puedo comentar que en la película Los tres salvajes (1965), al lado de Luis Aguilar, Dacia González y Eleazar García “Chelelo”, el director Gilberto Martínez Solares nos pidió una escena de golpes. Javier me dijo que él había sido boxeador y que sabía recibir toda clase de puñetazos. En aquella época yo estaba fornido y, al darle el golpe, por poco se desmaya. Pero el hecho no pasó a mayores.
Otra cosa que recuerdo son nuestras reuniones; eran muy divertidas. l me aconsejó en repetidas ocasiones que cantara porque me notaba buena voz. Por poco y me animo. Lo malo es que, a la hora de estar frente al público, los nervios no me dejaban cantar.
Le gustaba ir a nuestra casa, pues sentía confianza. Era como su refugio; ahí estudiaba junto con Rafael Carreón las canciones que iba a grabar; tocaban y descansaba.
Armando Silvestre
Lo conocí en la filmación de Las tres balas perdidas. Se prestaba para todo lo que le decían los productores. Su carácter, más que reservado, era tímido, y se debía a que no estaba acostumbrado a desempeñarse en el medio cinematográfico.
Me contó que Roberto Rodríguez lo había escuchado cantar y lo citó en su oficina. Como no lo dejaban pasar sus asistentes, se quedaba esperándolo afuera de los Estudios Churubusco para ver si lo veía. Luego de varios días, por fin lo encontró y el realizador lo invitó a trabajar en esta película.
Durante la filmación teníamos pocos ratos libres pero, cuando se presentaban, solía cantar con la guitarra y le hacíamos segunda. Se conjuntaron químicas muy especiales, pues a todos nos gustaba la música. Cuando teníamos tiempo, además de ensayar las melodías de la cinta, cantábamos lo que nos gustaba e improvisábamos las letras en doble sentido.
En la historia hay una escena chistosa: se supone que es el enamorado de María Victoria y tenía que secuestrarla. Sin fijarse, me rapta a mí. Como me movía mucho, dijo que era una fiera. Eso no estaba en el libreto, pero lo expresó con tanta sinceridad que se quedó en la versión final.
La verdad no era un actor dedicado; más bien era espontáneo y le gustaba improvisar. Me parece que Javier Solís fue un artista al estilo de Infante. Le gustaba al pueblo por su modo sencillo y el sentimiento que imprimía a sus canciones. Tanto él como Pedro fueron cantantes de voz chiquita pero pegadora.