Con absoluta franqueza Javier Solís sostuvo siempre:
"Orgullo es para mí haber sido tan pobre y saber, desde que tengo uso de razón, lo que es el hambre y la necesidad de trabajar. Desde mi infancia supe de la preocupación, de la falta de sue,o, y me percaté de la bondad de mucha gente"
La mayoría de redactores de los artículos escritos coincide en subrayar no sólo lo ameno de su charla, también su uso y abuso de muletillas y expresiones que bien podrían catalogarse de “cantinfladas”. Esto da una idea más completa de cómo era el artista fallecido el 19 de abril de 1966, víctima de un padecimiento de la vesícula.
La siguiente antología contiene preguntas y respuestas realizadas en diversos momentos de su carrera:
Imitaba a Pedro Infante
¿Es verdad que usted empezó imitándolo? Cierto, pero yo no lo sabía. Uno imita sin querer a los hombres que admira. Yo admiraba mucho y sigo admirando a Pedro, pero desde hace tiempo mi estilo se ha independizado, es diferente. ¿Por qué es distinto? Digamos que es más limitado que el de Pedro. Él cantaba de todo y en todo era bueno. Yo me he especializado en la canción romántica, no ingenuona o delicadita, sino más bien emotiva, de amor. Esto es decirlo todo.
Del ring a los escenarios
De no ser cantante, ¿qué sería? No sé. A lo mejor mecánico, panadero (mejor dicho, repostero) o carnicero, empleos que desempeñé previamente. Trabajé 10 años en el oficio de la carne: seis como matancero y cuatro de tablajero en diversas carnicerías; la que más recuerdo es una llamada La Providencia. Ahora soy sólo un humilde cancionero. También fue boxeador. ¿Qué piensa de su incursión en esta carrera? Fue una ilusión, cosa de juventud que pertenece al pasado. No fui boxeador profesional; sólo me gustaba tener defensa, que a veces hace falta. Alternaba dicha actividad cuando era carnicero; salía del rastro y en las tardes me iba a entrenar a una arena situada en Tacubaya. Mi ilusión era llegar a ser púgil profesional, pero se trata de un deporte duro y bastante desagradable. Una vez me abrieron una ceja y una oreja, y mi padre no quiso que volviera a pelear. No me siento orgulloso de esa etapa, pero tampoco me afrento. Me sigue gustando y, a la fecha, sigo practicándolo para mantenerme en línea; siempre que puedo voy al gimnasio y hago guantes. Lo haré hasta que me muera. ¿Y de su carrera de cantante? Me ha dado muchas satisfacciones compensándome con creces por lo que no conseguí en los cuadriláteros.
Anhelo de ser payaso
Fue en 1959 cuando su fama como cantante le facilitó el ingreso al cine nacional con El norteño, cinta donde alternó con Antonio Aguilar, Juan Mendoza y Luz María Aguilar, bajo la dirección de Manuel Muñoz. En una primera fase, su posición era ésta. ¿Cuáles son sus aspiraciones como actor? Quiero interpretar cosas fuertes, drama... O comedia, pero de importancia. ¿Es su mayor aspiración? Por el momento, sí. Ya probé suerte como boxeador y cantante, y esto de actuar es más difícil, más complicado; voy a necesitar más tiempo, más estudio.
Años después, Javier Solís pensaba así: Estudió arte dramático? No. Yo no soy actor, pero quiero estudiar para llegar a serlo. He ido aprendiendo en la marcha, atendiendo consejos de los directores. Claro que no para ser un galancito o algo por el estilo, sino para ser actor en el sentido más amplio de la palabra. Además, la voz puede perderse, los conocimientos de la actuación no. ¿Tiene alguna otra aspiración? Por el momento, coger la maleta, ponerla bajo el brazo e ir a Europa a decir: “Aquí estoy yo, Javier Solís”. Otra es llegar a producir mis propias películas. También ser el director, el camarógrafo y, si se puede, hasta aparecer como extra. La ambición más grande de mi vida es llegar a ser un actor que pueda dejar algo escrito y que, cuando llegue a viejo, pueda comentar: Hice lo que quería”. ¿Es muy ambicioso? Pues claro que lo soy, y mucho. En mi primer trabajo empecé ganando 360 pesos por día. En películas posteriores fui subiendo de precio 60, 70 y hasta 80 mil pesos, que es lo que gano ahora. ¿Qué tipo de personajes le interesa interpretar? Todos, siempre y cuando me queden. Claro, me gustaría encarnar tres: un borracho, un pepenador y un payaso callejero. Son personajes que he conocido muy de cerca en el barrio, y con quienes he convivido: conozco sus problemas y los interpretaría bien. Quiero llegar a ser un actor, si no de categoría, al menos del estilo de Pedro Infante. ¿Por qué un payaso? Ellos no buscan fama; se pintan la cara para no ser reconocidos, pero hacen reír con toda su alma y corazón.
Motivo de la esperanza
En sólo siete años actuó en más de 30 películas, donde destacan Las tres balas perdidas (1960), El camino de la horca (1961), y Campeón del barrio (1964), entre otras. ¿Ha ganado mucho dinero en el cine? Como millón y medio de pesos, pero no lo he aprovechado del todo bien. Ahora construyo una casa, no muy grande, para vivir con mi padre. ¿Por qué se le ocurrió grabar boleros con mariachi? Por una razón lógica, en la actualidad hay mucho intérprete de la canción ranchera, y yo quise modernizar el género haciendo el mariachi más sinfónico, agradable, fino. Ahí fue donde el público me apoyó y no quedó más que seguir esa ruta. ¿Cuáles son sus cinco canciones favoritas? Es una pregunta difícil de contestar. Son: “Sabrás que te quiero”, “Gema”, “Nobleza”, “Bésame y olvídame” y “Llorarás”. Y, bueno, al público a lo mejor le gustan otras.
Directo al cielo
Si algo caracterizó a Javier Solís fuera del ámbito artístico fue también su desmedida afición por las mujeres. Entre que formalizaba relaciones y no, contestó las siguientes preguntas. Qué opina del matrimonio? No es más que un obstáculo, un impedimento impuesto por la sociedad para complicarnos la vida. El matrimonio no se basa en firmas ni en papeles, simplemente en el amor. ¿Usted cree en el amor? Claro, aunque éste depende del momento y de las circunstancias. Y así como viene, se va. Es una cosa tan hermosa que, quien no la conoce, no conoce nada de la vida. ¿Sería contraproducente el matrimonio para su carrera en estos momentos? No. Sólo bajarían mis bonos con las muchachas, y eso momentáneamente. ¿Se ha enamorado muchas veces? Yo me enamoro de todas las mujeres lindas, de todas. Y cómo le gustan?
Toda mujer es bella siendo mujer. Podría decir que no me gustan las celosas, las exclusivistas ni las tímidas. La mujer debe ser comprensiva, amable, cariñosa, dulce... como Dios manda. En la calle sería capaz de seguir hasta una escoba con faldas. ¿Cree en Dios? En él y en la Virgen de Guadalupe. Si me muero con ésta puesta (dice mientras toma la medalla que lleva al cuello), me voy directo al cielo.
Morir joven
Se asegura, sin embargo, que más dicen las acciones que las palabras. De las primeras, Javier Solís acumuló infinidad que reafirmaron su calidad y calidez humana.
Una significativa ocurrió en 1961, en el teatro Ideal (Serapio Rendón). El cantante, quien actuaba en el inmueble, llamó al pequeño bolerito del lugar para que le aseara el calzado. Tan pronto terminó su labor, el limpiabotas le extendió un pedazo de papel para que le diera su autógrafo.
El cantante lo hizo a un lado, tomó una de las fotografías que tenía en su camerino y se la dedicó. Discretamente le dio un billete mientras le decía: “Para que se lo lleves a tu jefecita”.
En cuanta oportunidad tenía, el intérprete de “Llorarás”, “Sombras” y otros populares temas se enorgullecía de su humilde cuna, aun cuando la fortuna le sonreía. Jamás se olvidó de sus amigos los carniceros, a quienes les hacía regalos y daba dinero y boletos para que asistieran al cine a ver sus películas.
Así era Javier Solís, quien en alguna entrevista, cuya fecha no pudo consignarse, también externó un anhelo que entonces se presumía incierto:
“Me gustaría morir siendo joven todavía” .