Añ0 2008 | Federico Plancarte | México

Era la mitad del siglo XX, transcurría también la mitad de la década de los 50´s y un joven de 25 años, Gabriel Siria Levario, bautizado artísticamente Javier Solís, estaba estampando su voz y dejando para la posteridad dos temas inolvidables: Que te importa, del jibarito Rafael Hernández y Por qué negar, del músico poeta veracruzano Agustín Lara.

Estaba Javier Solís en ese 1955 cumpliendo al fin su anhelado sueño de grabar en una compañía disquera sus canciones y, sin siquiera imaginarlo, se encontraba justo en el centro de dos fechas que con el paso de los años serían recordadas como tragedia y duelo nacional: 1953 y 1957.

Dos años antes, el 5 de diciembre de 1953, había fallecido Jorge Negrete,  por un añejo problema hepático, en el hospital Cedros del Líbano de Los Angeles California, su cuerpo fue trasladado a la ciudad de México acompañado por las notas tristes de su canción “México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí...” Jorge Alberto Negrete Moreno había nacido 42 años antes, el 30 de noviembre de  1911, en la ciudad de Guanajuato, sus padres eran el militar David Negrete Fernández y doña Emilia Moreno Anaya. Jorge había abandonado su carrera militar para dedicarse por completo al canto en 1931, justo el mismo año en que nacía en un primero de septiembre, en un barrio de Tacubaya, un niño al que sus progenitores Francisco Siria Mora y Juana Levario Plata  llamarían Gabriel.

Jorge fallecía dejando en una trayectoria artística de 22 años, una gran filmografía de 43 películas filmadas entre 1937 (La madrina del diablo) y 1953 (El rapto, Reportaje) y más de dos centenares de canciones, donde figuraban grandes éxitos como Ay Jalisco no te rajes, México lindo y querido, Cocula, Ojos tapatíos, Esos Altos de Jalisco, El hijo del pueblo, Juan Charrasqueado, Serenata tapatía, Solo Dios, Fiesta mexicana, La chancla, El rogón, Ella, Qué surte la mía, La que se fue, El pagaré. Jorge Negrete se había marchado, no solo dejando una gran herencia musical y fílmica el inolvidable Charro cantor guanajuatense, sino también un hueco muy difícil de llenar. Ese trono vacío destinado solo a los grandes, fue cubierto por Pedro Infante, quien en ese año fatal de 1953 ya se había ganado un lugar en el gusto popular, a base de mucho esfuerzo y sacrificio. Muchas puertas se le habían cerrado, alguno -así, sin nombre que valga la pena recordar- le dijo que no tenía voz ni aptitudes para el canto y que se dedicara a otra cosa, pero Pedro nunca se rindió y luchó hasta alcanzar la fama. Así las cosas, Pedro incursionó con mediano éxito en el cine antes de convertirse en un popular cantante.

La carrera cinematográfica de Pedro había iniciado en el año 1939, participando en un papel segundón en la película “En un burro tres baturros”, estelarizada por Sara García y Joaquín Pardavé. En este año también participó en dos papeles cortos en las películas “El Organillero” y “Puedes irte de mi”. Mientras que su carrera discográfica inicia tres años después, en el mes de mayo de 1942, grabando para RCA Víctor un disco de 78 RPM con los temas “Guajirita” y “Te estoy queriendo”, dos boleros tropicales que no tuvieron ninguna aceptación y fueron prácticamente archivados.

José Pedro Infante Cruz era un simpático y voluntarioso provinciano nacido en Mazatlán, Sinaloa, un 18 de noviembre de 1917, hijo de don Delfino Infante García y de doña Refugio Cruz Aranda,  que años atrás había abandonado su tierra para buscar en la capital un lugar en el gusto del público y estaba dispuesto a luchar con todo y contra todos por consagrarse. Si bien es cierto que su voz no podía competir con la de Jorge Negrete -su voz no era alta y era un poco desafinada-, pero poseía una bonito timbre, además tenía un enorme talento natural para la actuación y era dueño de una gran personalidad, simpatía y sencillez que se ven poco en una figura estelar y menos aún en un ídolo de esa magnitud. De este modo, Pedro llegó para cubrir ese enorme hueco dejado por Jorge Negrete, una de las grandes voces surgidas en aquel México romántico y bravío de mitad del siglo pasado.

Mientras Pedro Infante vivía sus mejores años, consagrado ya como una gran figura artística y como un ídolo de las multitudes, un incipiente y joven cancionero, Gabriel Siria Levario, surgido del barrio de Tacubaya, poseedor de una gran voz -bronca en esos días-, aparecía en el firmamento musical en 1955 con dos temas grabados en ese año: Qué te importa y Por qué negar.

Este joven e inédito cantante, aunque influenciado naturalmente por el estilo de Pedro Infante, el cantante del momento, era dueño de una singular y extraordinaria voz que interpretaba cualquier género musical -lo mismo interpretaba canciones boleros y rancheras que valses, españolerías o nostálgicos tangos argentinos- y reclamaba un lugar en el firmamento musical que en ese momento tenía un solo dueño indiscutible, el ídolo de Guamúchil, Pedro Infante.

Era el año de 1955 y ese joven cancionero, humilde y taciturno, con una melancolía heredada de su incomprendida niñez -abandonado por su padre biológico cuando apenas tenía dos años de edad y más tarde encargado por su madre a su tío materno y padre adoptivo, don Valentín  Levario Plata-, ignoraba lo que le deparaba el destino: ser el legítimo sucesor de Jorge Negrete y Pedro Infante y convertirse en el indiscutible y máximo exponente de la canción mexicana, a pesar de morir muy joven y con una brevísima carrera artística de escasos diez años de duración.

 Javier en sus inicios ya había obtenido varios reconocimientos, ya había ganado cualquier clase de concursos musicales, era el ganador indiscutible en donde se presentara y había incursionado con éxito en la farándula, carpas y centros nocturnos, como el “Bar Azteca” de San Juan de Letrán, el “Guadalajara de noche” de Garibaldi y “El Zarape” de Insurgentes, donde se le reconocía su talento, solo faltaba ingresar a un estudio de grabación para estampar su voz en un acetato y darse a conocer, pero la tarea no era fácil. Al igual que a Pedro,  también hubo alguno que le dijo que no tenía voz y que se dedicara a otro oficio y al igual que aquél, ya había pasado por múltiples trabajos, desde carnicero, panadero hasta mecánico y boxeador, pero su destino ya estaba escrito sin que él lo supiera aún: ser la figura musical más grande de México, el Rey del bolero ranchero, el Sinatra latinoamericano, el Gardel mexicano.

El 15 de abril de 1957, en plena cúspide de su carrera artística y tras una breve estancia en Mérida, después de regresar de una extenuante gira artística por Sudamérica, Pedro tuvo la presión de regresar al DF para enfrentar un problema marital y una demanda, pero el avión donde viajaba se desplomó terminando con su vida. La tragedia conmocionó a toda América latina, Pedro fallecía a los 39 años y en plena cúspide de su brillante carrera artística, el pueblo consternado no podía creerlo, apenas cuatro años antes había fallecido otro grande, Jorge Negrete, el primer gran ídolo del pueblo. A lo largo de 19 años de carrera, Pedro dejaba una importante herencia fílmica compuesta por 55 películas filmadas entre 1939 (Tres burros y un baturro) y 1956 (Escuela de rateros), una discografía de 336 canciones grabadas con el sello Peerles de 1943 a 1956, más sus dos primeras grabaciones de 1942, Guajirita y Te estoy queriendo de Mario Ruiz, grabadas en RCA Víctor.  Grandes éxitos fueron Amorcito corazón, Cartas marcadas, Camino de Guanajuato, Ella, Carta a Eufemia, Ni por favor, Mi tenampa, Mira nada más, Flor sin retoño, Di que no, Cien años.  Sus últimas grabaciones fueron Corazón apasionado, Pa’ que sientas lo que siento, La cama de piedra y Ni el dinero ni nada.   

Ahora era el turno de Pedro Infante de partir a la inmortalidad destinada solamente para los grandes ídolos y quedaba otra vez un gran hueco que cubrir y acéfalo un reinado, y solo había un candidato con los atributos artísticos necesarios para ocupar ese lugar vacío: Javier Solís.

En 1957, Javier Solís ya había grabado un singular acetato LP de 8 canciones, DCL-144 vol. I, que contenía sus dos primeros temas grabados en 1955. Este primer álbum es muy probable que lo haya grabado en 1956, y aunque Que te importa y Por qué negar tuvieron un éxito sorpresivo, ganando en ese año un disco de plata, Javier todavía no obtenía un gran reconocimiento del público, eran muy pocas canciones aún para que cosechara los grandes triunfos y aplausos que vendrían después. Pedro Infante estaba recién fallecido y las compañías disqueras competían por encontrar pronto al sucesor de Pedro, entre ellas la Columbia records, que  esperaba grandes cosas de Javier Solís, reconociendo que este poseía una gran voz. Pero había un problema en el  joven de 25 años: su voz estaba influenciada por la de Pedro Infante. La compañía no podía darse el lujo de esperar mucho tiempo para encontrar al nuevo ídolo de la canción ranchera y puso un ultimátum. El compositor, arreglista y director artístico Felipe Valdés Leal, de inicio le tuvo una fe ciega a Javier Solís y después de prolongados ensayos y grandes esfuerzos para eliminar esta influencia, apoyado por el maestro Rafael Carrión, Javier logró al fin reencontrarse con su verdadera voz. Así  con la canción Llorarás, llorarás de Rafael Ramírez, nacía un nuevo ídolo de la canción ranchera, el último gran ídolo del pueblo.

Después de Llorarás, llorarás, siguió una interminable fila de éxitos, con temas como El loco, Ojitos traidores, Amargura, Esclavo y amo, Luz y sombra, Noche de ronda, Volveré, Perfidia, Y…, En tu pelo, Payaso, Cuatro cirios, Incertidumbre, Nuestro juramento, Te amaré toda la vida, Cenizas, Tómate una copa, Cuando vivas conmigo, Con mis propias manos, Media vuelta, Retirada, Las rejas no matan, Clavel sevillano, Granada, Silverio, En tu pelo, Y todavía te quiero, Buen viaje, Clave azul, Novillero, En mi viejo San Juan, Lamento borincano, Despedida, Entrega total, Qué va, Perfume de gardenias y su más grande interpretación, el tango argentino Sombras.

Javier Solís interpretó a los mejores compositores de su tiempo, cantó temas de Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Consuelito Velásquez, María Grever, Federico Baena, Fernando Z. Maldonado, Armando Manzanero, Alvaro Carrillo, Luis Arcaraz, Alberto Domínguez, María Elena Valdelamar, Graciela Olmos, Rubén Fuentes, Rafael Ramírez, Roberto Cantoral, Felipe Valdés Leal, Vicente Garrido, Manuel Esperón, Gonzalo Curiel, Luis Demetrio, Víctor Cordero, Gabriel Ruiz, Rafael Carrión, Alberto Cervantes, Domenico Modugno, Rafael Hernández, Pedro Flores, José María Contursi, Francisco Lomuto, Jorge Villamil, Zulema de Mirkin.

Javier también interpretó canciones de su propia inspiración como Una plática, Sueño en tu regreso, Veinticuatro horas y de corte internacional, italianas, francesas, argentinas, venezolanas, colombianas, paraguayas, portorriqueñas, norteamericanas, como Buen viaje (Bon voyage), El mundo (Il mondo), Sombras, Y todavía te quiero, Como antes (Come prima), Dios como te amo (Dio, come ti amo), Cada vez (Ogni volta), Espumas, La hiedra (L’edera), Más allá (Al di la), ¿Por qué me dejas? (Et maintenant), He sabido que te amaba (Ho capito che ti amo), Esta noche pago yo (Stacera pago io),  Lamento borincano, Despedida, Recuerdos de Ipacaraí, Noche y día (Night and day) y otras.

El tiempo transformaría a aquel joven cancionero Gabriel Siria en el inolvidable Javier Solís y a su voz bronca en una voz excepcional llena de arte y de matices extraordinarios, con un timbre y una tesitura incomparables y con una dicción y un fraseo inigualables. Y aunque a los 34 años -edad en que falleció- apenas se está madurando la voz, Javier Solís ya era poseedor de una voz madura, con una modulación poco vista y escuchada, una excelente voz media de “crooner”, que transitaba de un tono musical a otro en forma suave,  aterciopelada, y que nos dejó una gran herencia en varios géneros musicales: boleros -rancheros, románticos, morunos-, tangos argentinos, baladas, canciones tropicales, rancheras y extraordinarias españolerías y pasodobles donde nos muestra en estas últimas también la potencia y versatilidad de su excepcional voz.

Por desgracia, la belleza es pasajera reza el vulgo, y Javier Solís  tuvo que dejarnos el 19 de abril de 1966 para unirse en las alturas de la inmortalidad a Jorge y Pedro para formar un trío inolvidable de ídolos inmortales. Murió demasiado joven, como ninguno, a la temprana edad de 34 años, víctima de un problema biliar no atendido a tiempo debido principalmente a su excesiva carga de trabajo y por un mal tratamiento médico post  operatorio. Con una brevísima carrera artística que apenas alcanzó la decena de años, pero en plena gloria y reconocimiento, Javier Solís nos dejó un gran legado musical, superior al cualquiera de sus predecesores, Jorge Negrete y Pedro Infante.

Las industrias disquera y fílmica sobre explotaron literalmente a Javier para cubrir el vacío dejado por Pedro Infante. No importaba la calidad de los temas de sus películas, era suficiente que su nombre apareciera en el reparto para que fuera sinónimo de taquilla. En 1964, Javier llegó a filmar hasta diez películas, casi un promedio de una película por mes. Sumando a esto el   excesivo trabajo de las presentaciones personales, las caravanas  artísticas y las extenuantes sesiones en los estudios de grabación, donde en una sola sesión grababa material para editar dos o tres discos de larga duración, ¿de dónde podía obtener tiempo Javier Solís para dedicarlo a su vida familiar y a su cuidado personal? Tan solo en los tres primeros meses del año de su muerte, Javier ya había grabado 36 canciones y tres películas.

Tras su lamentable deceso el 19 de abril de 1966, Javier en su breve carrera artística nos dejó un  enorme y preciado legado de 33 películas filmadas entre 1960 (El norteño) y 1966 (Los 3 mosqueteros de Dios) y alrededor de 368 canciones grabadas de 1956 a 1966, muchas de ellas inéditas. Sus dos últimas interpretaciones fueron Me han contado de ti y Todo acabó.

 Tras la irreparable muerte de Javier Solís, ocurrida el 19 de abril de 1966 en el hospital Santelena del Distrito Federal, quedó nuevamente un vacío que había que cubrir con un nuevo ídolo. Para ello habían tres candidatos fuertes para sucederlo: Jorge Valente, Gerardo Reyes y Vicente Fernández, los tres con voces completamente distintas. Gerardo Reyes y Jorge Valente quedaron marginados, este último quizá por tener una voz con matices parecidos a la voz del Rey del bolero ranchero. La CBS apostó entonces por Vicente Fernández, pero su voz jamás pudo alcanzar las alturas del último gran ídolo y no pudo llenar el hueco dejado por el inmortal Javier Solís. A 42 años de su partida, aún sigue vacío el trono que ocupó brillantemente el inolvidable “Rey del bolero ranchero” Javier Solís y no se vislumbra quién pueda sucederlo.

Y es que la voz incomparable del rey del bolero ranchero –yo diría de la canción mexicana- poseía varias características que la hacían única y difícil de igualar: timbre, matiz color, dicción, fraseo,  potencia y modulación, con todos esos  atributos juntos, ¿quién puede competir con Javier Solís?

En una contraportada de un LP de Javier, se escribieron unas palabras que se convertirían más adelante en una auténtica profecía: Cuando lo tiempos cambien y surjan inevitables transformaciones sociales, el nombre de JAVIER SOLIS se agigantará quedando grabado con caracteres de eternidad en la historia musical del pueblo mexicano. 

   Federico Plancarte, enero de 2008

 

 

Jorge Negrete
Pedro Infante
Javier Solís